jueves, 15 de marzo de 2018

Kang, un pueblo tradicional de 3000 años en Irán


En nuestro primer viaje por Irán, en 2013, echamos de menos visitar Mashhad, la ciudad más sagrada del país situada en el noroeste, donde se puede visitar el mausoleo de Ali ibn Musa al-Rida (el octavo imam del chiismo) y que convierte la ciudad en uno de los primeros centros de peregrinaje religioso. Así que nuestro segundo viaje en el país (en diciembre de 2016), esta vez con la pequeña Ivet que tan solo tenía 17 meses de vida, decidimos que sería una de los destinos que no podíamos perder. Lo que no sabíamos que conoceremos también una de las villas con más encanto de la zona: Kang .


Fereshte, nuestra anfitriona de couchsurfing, nos recibió en su casa junto con sus dos hijos y marido, Saeed. Aquella noche tuvimos una agradable conversación sobre costumbres y gastronomía y ella nos sugirió (además de ver la famosa tumba) acompañarnos al día siguiente a una antigua y pequeña villa llamada Kang situada en la montaña y que quedaba a unos 48 km de Mashhad, donde podríamos ver el auténtico estilo de vida rural. Y de paso, tendríamos la oportunidad de visitar unos petroglifos de 4000 años que quedaban de camino.¡Genial! Pensamos. Con lo que no contábamos era con la hospitalidad desbordante de los habitantes del pueblo de Kang. Una vez más, nos encontramos con la increíble generosidad iraní que hace que nos encontremos en este país como en casa.

Kang, una bonita villa tradicional donde se conserva el estilo de vida rural

En la zona montañosa de la provincia de Razavi Khorasan se levanta la tradicional la villa llamada Kang, un pueblo de más de 3000 años
ha sobrevivido a desastres naturales, como terremotos, inviernos gélidos y sequías. Es pequeña, viven ta solo 354 familias (poco más de 1400 habitantes) que se dedican a criar ganado (ovejas, vacas) y a la agricultura: huertos con manzanos, cerezos, viñas... Se trata de un pueblo escalonado con viviendas construidas con ladrillos de barro y donde la mayoría tienen balcones de terrazas y azoteas de tierra. Así que el tejado de una casa puede formar parte del suelo de otra. Sus calles son empinadas, ya que están en una montaña y también se pueden ver estructuras deparedes de piedra de pizarra, un material propio de la zona que lo tienen a su alcance. La localización de las casas es un indicador del estatus de la familia que vive en ellas: cuanto más arriba está situada, más alto es el estatus.



Cuando fuimos era invierno (diciembre) y la nieve cubría gran parte de la villa. Lo primero que hicimos al llegar fue subir unos 400 metros a lo alto de una montaña desde donde se veía la mejor panorámica de todo el pueblo, de los más típicos del norte de Irán. Las casas apiladas de color blanquinoso y marrón, algunas con la chimenea saliendo humo y rodeadas de nieve hacían que tuviéramos delante nuestro una magnífica postal de Navidad.


Era la primera vez que la Ivet veía la nieve y la tocaba, lo que hizo despertar una curiosidad innata para tocar continuamente esta materia fría y blanca que para ella era tan extraña, y que desaparecía al poco de tenerla en las manos.


Una vez allí nos dimos cuenta que la vida allá no tenía las mismas comodidades que en la ciudad: gélidas temperaturas, caminos empinados donde solo se puede llegar a pie y calles estrechas sin asfaltar.


Era mediodía y tocaba comer, y la Fereshte nos llevó en la casa de una familia del pueblo que conocía. Al llegar a la entrada de la casa limpiamos nuestros zapatos del barro y la nieve y nos descalzamos para entrar, como es costumbre en cualquier casa iraní. Allá conocimos a una sonriente ama de la casa y sus dos hijas, y nos invitaron a pasar en otra sala que tenían condicionada con estufa y cubierta de alfombras. Parecía que tenía que ser una habitación más pequeña, pero se trataba de una sala muy grande que era el comedor de la casa. Allá estaba la familia al completo, padre, 2 hijos y 2 hijas, 3 nietos, hermana y sobrina que venían a visitarlos...Todos sentados en la amfombra alrededor de una pequeña mesa baja, tapados con mantas. Nos hizo tanta gracias verlos a todos con la manta que el padre y un hijo, al darse cuenta, nos invitaron a sentarnos con ellos y taparnos también. No hay que decir que reímos mucho con ellos. A pesar de no hablar mucho inglés, tuvimos conversación todo el rato que estuvimos comiendo. Por cierto, la comida era un estofado de olla con productos locales buenísimo y un pan hecho por ellos. Ivet quedó dormida encima de una manta en la alfombra junto al calor de la estufa.



Más tarde anduvimos por las calles con más pendiente del pueblo, donde vimos ovejas, gallinas, patos...Un niño pequeño intentaba meter a cobijo de la lluvia algunas ovejas que no querían entrar al establo. Era uno de los hijos de una mujer joven que estaba haciendo uno té a la leña (la manera más tradicional iraní) en la calle, justo en la casa del delante. Se presentó, su nombre era Zohre, y nos invitó a tomar una taza de té en su casa. Aceptamos encantados y después de descalzarnos subimos las empinadas escaleras de la casa. En una pequeña sala muy caliente estaban sus hijos: Mobina, de 10 años, y Ali y Abolfazl, unos gemelos de cuatro años. Nos sirvió el té muy caliente con unos trozos de azúcar duro que se deshacían enseguida y a continuación los niños empezaron a sacar de una bolsa unas piezas de madera de colores para jugar. Durante todo el rato que estuvimos allí no pararon de jugar todos. Nos dimos cuenta de la facilidad de entendimiento que tienen los niños en pocos minutos de conocerse, a pesar de que no hablen ni se expresen igual. Y que el lenguaje del juego es universal.



Pasamos el rato charlando con la Zhore, gracias a la traducción al inglés que nos hacía la Feresthe, y tomamos dos o tres tés. Nos explicó que dedicaba a cuidar de los hijos, la casa y los animales y que recogía té y plantas medicinales (hay muchas a la zona) y las vendía. Nos llevamos dos bolsas de té cogido por ella. Llegado el momento nos dolía tener que decir adiós a esta familia para volver a Mashhad, Ivet estaba tanto a gusto jugando con los niños que no quería irse...Ni nosotros tampoco.

Tenemos un buen recuerdo del pueblo, un lugar que parece de otra época y donde la gente lleva un ritmo de vida relajado y que gira alrededor de la familia y el campo. Esperamos volver más adelante y ver de nuevo a los niños de la Zhore.

Información práctica para el viajero

Cómo llegar: desde Mashhad (48 Km) lo más fácil (y creemos que la única opción posible) es ir en coche (1h). Aconsejamos consultar la climatología antes de ir, sobre todo si viajas en época invernal como nosotros, ya que puedes encontrar nieve en la carretera.


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