Hasta aquel día de noviembre, el puente había conseguido mantenerse en pie estoicamente entremedias de una ciudad semi destruida por el debatir de las bombas. No se consideraba una construcción estratégica, pero tampoco lo eran el monasterio franciscano, la catedral católica, el palacio del obispo, el monasterio serbio de Žitomislić, las dos catedrales ortodoxas o la decena larga de mezquitas que fueron destruidas durante la guerra fruto del odio étnico-religioso. Seguramente el único delito del puente había sido justamente este, formar parte de la historia dorada de una de las comunidades enfrentadas.
Reconstruido de nuevo en el 2004 gracias a las ayudas internacionales, el Puente Viejo vuelve a lucir como icono de la ciudad. Pero no es tan fácil reconstituir los lazos entre las diferentes etnias. Aunque hayan pasado más de veinte años, los recuerdos de la guerra todavía están muy presentes.
Por el casco antiguo de Mostar pasean hoy hordas de turistas que están de paso, muchos de ellos seguramente atraídos por la historia del puente -como nosotros mismos-. Las balas que ayer arrebataban vidas ahora se han transformado en frívolos souvenirs con forma de bolígrafos o pequeños aviones. No se ven ahora los soldados atravesándolo a toda prisa, hoy el puente se lo han hecho suyo algunos pacientes nadadores que esperan recoger una buena propina a cambio de mostrar su valentía saltando los 27 metros que les separan de las aguas del río Neretva. La única lucha que a primer vistazo resta visible es la de los restaurantes, que se disputan los clientes intentando ofrecer las mesas con las mejores vistas sobre el río. Todo ello con una falsa apariencia de una armonía que percibimos más bien como forzada.
No hace falta alejarse mucho del barrio viejo para ver que las heridas de la guerra todavía están por cicatrizar, pero en cambio son pocos los foráneos que se aventuran: quien lo hace, tropieza de golpe con la cruda realidad. Solo hay que seguir la carretera principal que atraviesa la ciudad, esta misma durante la guerra ejerció de línea del frente durante unos meses. Andando unos centenares de metros ya se pueden empezar a observar estructuras de edificios destruidos que permanecen tal cual quedaron al acabar la guerra. Quien piense que se conservan a propósito para recordar lo que allí pasó se equivoca: simplemente no hay dinero para restaurarlo todo. En otros edificios, conviven con naturalidad la ropa extendida en los balcones con las marcas de metralla y balas de la fachada. También en el asfalto son visibles todavía sus huellas.
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